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| El don de Fortaleza. |
El don de FortalezaSagrada EscrituraEn el Antiguo Testamento, los fieles
captan espiritualmente a Dios como una fuerza inmensa e invencible,
como una Roca, y al mismo tiempo como Aquél que
es capaz de comunicar a sus fieles una fortaleza inexpugnable.
«Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza, Señor, mi
roca, mi alcázar, mi libertador; Dios mío, peña mía, refugio
mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte» (Sal 17,2-3).
«El Señor es mi fuerza y escudo; en Él confía
mi corazón. El Señor es fuerza para su pueblo, apoyo
y salvación para su Ungido» (27,7-8). Los que tienen fe
en Dios, a lo largo de sus vidas, pasarán por
muchas y graves pruebas, pero siempre serán fortalecidos por la
infinita fuerza del Espíritu.Los creyentes, «gracias a la fe, conquistaron
reinos, administraron justicia, alcanzaron el cumplimiento de las promesas, cerraron
la boca de los leones, extinguieron la violencia del fuego,
escaparon al filo de la espada, convalecieron en la enfermedad,
se hicieron fuertes en la guerra [...] Unos se dejaron
torturar, renunciando a ser liberados, otros sufrieron injurias y golpes,
cadenas y cárceles. Fueron apedreados, destrozados, muertos por la espada.
Anduvieron errantes, cubiertos de pieles de ovejas y de cabras,
desprovistos de todo, oprimidos, maltratados. El mundo no era digno
de ellos, y tuvieron que vagar por desiertos y montañas»
(Heb 11,32-38).Así fue en el Antiguo Testamento, y así va
a serlo más aún en el Nuevo. En efecto, los
discípulos de Cristo necesitan ser muy fortalecidos por el Espíritu
divino, pues al no ser del mundo, van a sufrir
necesariamente la persecución del mundo. Es inevitable: «los que quieran
ser fieles a Dios en Cristo Jesús tendrán que sufrir
persecución» (2Tim 3,12). Está claramente anunciado por el Señor (Mt
5,11; Jn 15,18-21).
Por tanto, en medio de los mundanos,
que por su adoración a la Bestia mundana están más
o menos sujetos al Maligno, los cristianos no pueden ser
fieles a Cristo si no son especialmente fortalecidos por su
Espíritu.
«Toda la tierra seguía maravillada a la Bestia... La
adoraron todos los moradores de la tierra, cuyos nombres no
están escritos en el libro de la vida del Cordero
degollado... Y le fue otorgado [a la Bestia] hacer la
guerra a los santos y vencerlos» (Ap 13). En realidad,
quienes vencen son «los que guardan los preceptos de Dios
y mantienen el testimonio de Jesús» (12,17), pero su victoria
sobre el mundo tiene necesariamente, como la de Cristo, la
forma del martirio, cruz y muerte.
Si grande ha de
ser en el cristiano la fortaleza espiritual para vencer la
debilidad de su propia carne y las persecuciones del mundo,
aún más ha de serlo para vencer las tentaciones directas
del Demonio. No olvidemos en esto que, como dice San
Pablo, «no es nuestra lucha [únicamente] contra la sangre y
la carne, sino contra los espíritus malignos» (Ef 6,12)
Por
todo esto los cristianos, para sí mismos y para sus
hermanos, han de pedir continuamente la fortaleza del Espíritu Santo,
como lo hacían los apóstoles:
«No dejamos de rogar por vosotros
y de pedir» al Señor, para que estéis «fortalecidos con
toda fortaleza conforme a su poder esplendoroso, y así tengáis
perfecta constancia y paciencia con alegría» (Col 1,9.11). «Fortalecéos en
el Señor y en la fuerza de su poder. Vestíos
de toda la armadura de Dios» (+Ef 6,10-18). «Estad, pues,
alerta y vigilantes, que vuestro adversario el diablo, como león
rugiente, anda rondando y busca a quién devorar. Resistidle fuertes
en la fe, considerando que los mismos padecimientos soportan vuestros
hermanos dispersos por el mundo» (1Pe 5,8-9).
Si la fuerza
del cristiano no está en sí mismo, sino en el
Señor, mayor será su fuerza espiritual cuanto, encontrándose más débil
en sí mismo, más se apoye puramente en la fortaleza
de Dios. Por eso Jesús le dice al Apóstol: «te
basta mi gracia, que en la flaqueza llega al colmo
el poder». Y el Apóstol confiesa:
« Yo me glorío de
todo corazón en mis debilidades, para que habite en mí
la fuerza de Cristo. Yo me complazco en mis debilidades,
en oprobios y privaciones, en persecuciones y en angustias soportadas
por amor de Cristo; porque cuando soy débil, entonces soy
fuerte» (2Cor 12,7-10). «Yo todo lo puedo en Aquél que
me conforta» (Flp 4,13).
Teología
El don de fortaleza es un
espíritu divino, un hábito sobrenatural que vigoriza al cristiano para
que, por obra del Espíritu Santo, pueda ejercitar sus virtudes
heroicamente y logre así superar con invencible confianza todas las
adversidades de este tiempo de prueba y de lucha, que
es su vida en la tierra.
Cuando el Espíritu Santo activa
en los fieles el don, el espíritu de la fortaleza,
se ven éstos asistidos por la fuerza misma del Omnipotente,
y superan con facilidad y seguridad toda clase de pruebas,
sean internas o externas. Es entonces cuando los cristianos prestan
con toda naturalidad servicios que exigen una abnegación heroica, y
cuando soportan sin queja alguna la soledad, el desprecio, la
marginación y toda clase de adversidades, ordinarias o extraordinarias. Todo
lo aguantan con serenidad y paciencia, sin vacilaciones, con buen
ánimo, sin alardes, con toda confianza y sencillez, es decir,
con una facilidad sobrehumana. Y digo sobrehumana porque ya no
es sólo la virtud de la fortaleza quien actúa en
ellos, sino el don del Espíritu Santo.
Por el contrario, el don espiritual de fortaleza,
por obra inmediata del Espíritu Santo, al modo divino, de
manera sobrehumana, aleja del alma todo miedo, le infunde un
valor divino y una serenidad inviolable, de tal modo que
puede pensar, decir o hacer cualquier cosa -todo lo que
Dios quiera obrar en él- sin temblor alguno.
Pues bien, no podrá el
cristiano salir victorioso de una batalla tan continua y terrible
si Cristo Salvador -sin el cual nada podemos (+Jn 15,5)-
no le comunica su fuerza, primero al modo humano, por
la virtud de la fortaleza, y más tarde al modo
divino, por el don de fortaleza.
Santos
Sin embargo, el espíritu sobrehumano
de fortaleza se manifiesta en Cristo sobre todo en el
momento de la Pasión, cuando mantiene el sí incondicional de
su obediencia al Padre aun sintiendo «pavor, angustia», «tristeza de
muerte», y aun llegando a «sudar sangre» del horror sentido
(Mt 26,38; Mc 14,33; Lc 22,44). A tanto llegó el
abismo del espanto, que «un ángel del cielo se le
apareció para fortalecerlo» (Lc 22,43). ¡El Verbo eterno encarnado, el
Primogénito de toda criatura, fortalecido por el Espíritu divino. No nos escandalicemos de Jesús, agonizante de terror, sino
adorémoslo muy especialmente en estas angustias suyas de muerte, por
las que quiso bajar al fondo mismo del sufrimiento humano,
manifestándonos al mismo tiempo en su debilidad extrema la infinita
fuerza del Espíritu divino.
De todos modos, no permite Dios normalmente
que los discípulos de su Hijo, que son tan débiles,
se vean hundidos en tales abismos de horror indecible. Y
por eso los conforta eficacísimamente con su Espíritu, humanamente, por
la virtud infusa de la fortaleza, o sobrehumanamente, por el
don de fortaleza.
La fuerza sobrehumana del Espíritu, es decir, el
don de fortaleza, se manifiesta también poderoso en los santos
de Cristo. Él es el que sostiene durante años y
años a los contemplativos en la soledad, el silencio y
la vida penitente. Él es el que da fuerza a
los confesores para testimoniar la verdad de Cristo, afrontando con
toda paz exilios, desprestigios y marginaciones incontables. Él es el
que asiste a tantos párrocos, padres de familia, misioneros, religiosos
asistenciales, etc., para que en situaciones, a veces habituales, sumamente
difíciles o en momentos de prueba extrema, mantengan un testimonio
heroico de abnegación, fidelidad y caridad.
Pero, sin duda, los más
impresionantes ejemplos del don de fortaleza los hallamos en los
innumerables mártires de la historia cristiana. Las Actas de los
mártires son un álbum precioso en el que los efectos
del don de la fortaleza se nos muestran en miles
de imágenes fascinantes. Todos ellos, sostenidos por la fortaleza del
Espíritu Santo, como los apóstoles, pasan por la angustia de
pruebas extremas «con la alegría de haber sido hallados dignos
de padecer ultrajes por el nombre de Jesús» (Hch 5,41).
Contemplemos,
por ejemplo, el martirio del diácono San Vicente descrito por
San Agustín:
«Era tan grande la crueldad que se ejercitaba en
el cuerpo del mártir y tan grande la tranquilidad con
que él hablaba, era tan grande la dureza con que
eran tratados sus miembros y tan grande la seguridad con
que sonaban sus palabras, que parecía como si el Vicente
que hablaba no fuera el mismo que sufría el tormento.
«Y
es que, en realidad, así era: era otro el que
hablaba. Así lo había prometido Cristo a sus testigos en
el Evangelio, al prepararlos para semejante lucha. Había dicho, en
efecto: "No os preocupéis de lo que vais a decir
o de cómo lo diréis. No seréis vosotros los que
habléis, el Espíritu de vuestro Padre hablará por vosotros".(Mt.
10,19-20).
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