VATICANO, 18 Oct. 14 / 03:59 pm (
ACI).-
Al concluir el Sínodo Extraordinario de los Obispos sobre la
Familia,
el Papa Francisco dirigió un discurso a los participantes,
agradeciéndoles y alentándoles a continuar madurando "con verdadero
discernimiento espiritual" las ideas propuestas en este evento, con
miras al Sínodo Ordinario sobre la Familia, que se realizará en 2015.
A continuación,
ACI Prensa
reproduce el texto completo del discurso del Papa Francisco al Sínodo de
los Obispos, gracias a la traducción de Radio Vaticano (las negritas y
las cursivas corresponden al texto original difundido por la Oficina de
Prensa de la
Santa Sede):
Queridos: Eminencias, Beatitudes, Excelencias, hermanos y hermanas:
¡Con un corazón lleno de reconocimiento y de gratitud quiero agradecer
junto a ustedes al Señor que nos ha acompañado y nos ha guiado en los
días pasados, con la luz del Espíritu Santo!
Agradezco de corazón a S. E. Card. Lorenzo Baldisseri, Secretario
General del Sínodo, S. E. Mons. Fabio Fabene, Sub-secretario, y con
ellos agradezco al Relator S. E. Card. Peter Erd? y el Secretario
Especial S. E. Mons. Bruno Forte, a los tres Presidentes delegados, los
escritores, los consultores, los traductores, y todos aquellos que han
trabajado con verdadera fidelidad y dedicación total a la
Iglesia y sin descanso:
¡gracias de corazón!
Agradezco igualmente a todos ustedes, queridos Padres Sinodales,
Delegados fraternos, Auditores, Auditoras y Asesores por su
participación activa y fructífera. Los llevare en mis oraciones,
pidiendo al Señor los ¡recompense con la abundancia de sus dones de su
gracia!
Puedo decir serenamente que –con un espíritu de
colegialidad y de
sinodalidad– hemos vivido verdaderamente una experiencia de "sínodo", un recorrido solidario, un
"camino juntos".
Y siendo
“un camino" –como todo camino– hubo momentos de
carrera veloz, casi de querer vencer el tiempo y alcanzar rápidamente la
meta; otros momentos de fatiga, casi hasta querer decir basta; otros
momentos de entusiasmo y de ardor. Momentos de profundo consuelo,
escuchando el testimonio de pastores verdaderos (Cf. Jn. 10 y Cann. 375,
386, 387) que llevan en el corazón sabiamente, las alegrías y las
lágrimas de sus fieles.
Momentos de gracia y de consuelo, escuchando los testimonios de las
familias que han participado del Sínodo y han compartido con nosotros la
belleza y la alegría de su
vida
matrimonial. Un camino donde el más fuerte se ha sentido en el deber de
ayudar al menos fuerte, donde el más experto se ha prestado a servir a
los otros, también a través del debate. Y porque es un camino de
hombres, también hubo momentos de desolación, de tensión y de tentación,
como algunas de las siguientes:
-
La tentación del endurecimiento hostil, esto
es el querer cerrarse dentro de lo escrito (la letra) y no dejarse
sorprender por Dios, por el Dios de las sorpresas (el espíritu); dentro
de la ley, dentro de la certeza de lo que conocemos y no de lo que
debemos todavía aprender y alcanzar. Es la tentación de los celosos, de
los escrupulosos, de los apresurados, de los así llamados
"tradicionalistas" y también de los intelectualistas.
-
La tentación del “buenismo” destructivo, que
en nombre de una misericordia engañosa venda las heridas sin primero
curarlas y medicarlas; que trata los síntomas y no las causa ni las
raíces. Es la tentación de los "buenistas", de los temerosos y también
de los así llamados
“progresistas y liberalistas”.
-
La tentación de transformar la piedra en pan para terminar el largo ayuno, pesado y doloroso (Cf. Lc 4, 1-4)
y también de transformar el pan en piedra , y tirarla contra los pecadores, los débiles y los enfermos (Cf. Jn 8,7) de transformarla en
“fardos insoportables” (Lc 10,27).
- La tentación de descender de la cruz
para contentar a la gente, y no permanecer, para cumplir la voluntad
del Padre; de ceder al espíritu mundano en vez de purificarlo e
inclinarlo al Espíritu de Dios.
- La tentación de descuidar el “depositum fidei”, considerándose no custodios, sino propietarios y patrones, o por otra parte,
la tentación de descuidar la realidad utilizando ¡una lengua minuciosa y un lenguaje pomposo para decir tantas cosas y no decir nada!
Queridos hermanos y hermanas, las tentaciones no nos deben asustar ni
desconcertar, ni mucho menos desanimar, porque ningún discípulo es más
grande que su maestro; por lo tanto si Jesús fue tentado –y además
llamado Belcebú (Cf. Mt 12,24)– sus discípulos no deben esperarse un
trato mejor.
Personalmente me hubiera preocupado mucho y entristecido sino se
hubieran dado estas tensiones y estas discusiones animadas; este
movimiento de los espíritus, como lo llamaba San Ignacio (EE, 6) si
todos hubieran estado de acuerdo o taciturnos en una falsa y quietista
paz. En cambio he visto y escuchado –con alegría y reconocimiento–
discursos e intervenciones llenos de fe, de celo pastoral y doctrinal,
de sabiduría, de franqueza, de coraje y
parresía. Y he sentido que ha sido puesto delante de sus ojos el bien de la Iglesia, de las familias y la
“suprema lex”: la
“salus animarum” (Cf. Can. 1752). Y esto siempre sin poner jamás en discusión la verdad fundamental del Sacramento del
Matrimonio: la indisolubilidad, la unidad, la fidelidad y la procreatividad, o sea la apertura a la vida (Cf. Cann. 1055, 1056 y
Gaudium et Spes, 48).
Esta es la Iglesia, la viña del Señor, la Madre fértil y la Maestra
premurosa, que no tiene miedo de remangarse las manos para derramar el
óleo y el vino sobre las heridas de los hombres (Cf. Lc 10,25-37); que
no mira a la humanidad desde un castillo de vidrio para juzgar y
clasificar a las personas. Esta es la Iglesia Una, Santa, Católica y
compuesta de pecadores, necesitados de Su misericordia. Esta es la
Iglesia, la verdadera esposa de Cristo, que busca ser fiel a su Esposo y
su doctrina.
Es la Iglesia que no tiene miedo de comer y beber con las prostitutas y
los publicanos (Cf. Lc 15). La Iglesia que tiene las puertas abiertas
para recibir a los necesitados, los arrepentidos y ¡no sólo a los justos
o aquellos que creen ser perfectos! La Iglesia que no se avergüenza del
hermano caído y no finge no verlo, al contrario, se siente comprometida
y obligada a levantarlo y a animarlo a retomar el camino y lo acompaña
hacia el encuentro definitivo con su Esposo, en la Jerusalén celeste.
¡Esta es la Iglesia, nuestra Madre! Y cuando la Iglesia, en la variedad
de sus carismas, se expresa en comunión, no puede equivocarse: es la
belleza y la fuerza del
sensus fidei, de aquel sentido sobre
natural de la fe, que viene dado por el Espíritu Santo para que, juntos,
podamos todos entrar en el corazón del Evangelio y aprender a seguir a
Jesús en nuestra vida, y esto no debe ser visto como motivo de confusión
y malestar.
Tantos comentaristas han imaginado ver una Iglesia en litigio donde una
parte está contra la otra, dudando hasta del Espíritu Santo, el
verdadero promotor y garante de la unidad y de la armonía en la Iglesia.
El Espíritu Santo que a lo largo de la historia ha conducido siempre la
barca, a través de sus ministros, también cuando el mar era contrario y
agitado y los ministros infieles y pecadores.
Y, como he osado decirles al inicio, era necesario vivir todo esto con
tranquilidad y paz interior también, porque el sínodo se desarrolla
cum Petro et
sub Petro, y la presencia del Papa es garantía para todos.
Por lo tanto, la tarea del Papa es aquella de garantizar la unidad de la
Iglesia; es aquella de recordar a los fieles su deber de seguir
fielmente el Evangelio de Cristo; es aquella de recordar a los pastores
que su primer deber es nutrir la grey que el Señor les ha confiado y de
salir a buscar –con paternidad y misericordia y sin falsos miedos– la
oveja perdida.
Su tarea es la de recordar a todos que la autoridad en la Iglesia es
servicio (Cf. Mc 9,33-35) como ha explicado con claridad el
Papa Benedicto XVI
con palabras que cito textualmente: “la Iglesia esta llamada y se
empeña en ejercitar este tipo de autoridad que es servicio, y la
ejercita no a título propio, sino en el nombre de Jesucristo… a través
de los Pastores de la Iglesia, de hecho, Cristo apacienta a su grey: es
Él que la guía, la protege, la corrige porque la ama profundamente. Pero
el Señor Jesús, Pastor supremo de nuestras almas, ha querido que el
Colegio Apostólico, hoy los Obispos, en comunión con el Sucesor de Pedro
… participaran en este misión suya de cuidar al pueblo de Dios, de ser
educadores de la fe, orientando, animando y sosteniendo a la comunidad
cristiana, o como dice el Concilio,
“cuidando sobre todo que cada uno de los fieles sean guiados en el Espíritu santo a vivir según el Evangelio su propia vocación,
a practicar una caridad sincera y operosa y a ejercitar aquella libertad con la que Cristo nos ha librado” (Presbyterorum
Ordinis, 6)… Y a través de nosotros – continúa el Papa Benedicto – es
que el Señor llega a las almas, las instruyen las custodia, las guía.
San Agustín en su Comentario al Evangelio de San Juan dice: “S
ea por lo tanto un empeño de amor apacentar la grey del Señor” (123,5);
esta
es la suprema norma de conducta de los ministros de Dios, un amor
incondicional, como aquel del Buen Pastor, lleno de alegría, abierto a
todos, atento a los cercanos y premuroso con los lejanos (Cf. S. Agustín, Discurso 340, 1; Discurso 46,15),
delicado
con los más débiles, los pequeños, los simples, los pecadores, para
manifestar la infinita misericordia de Dios con las confortantes de la
esperanza(Cf. Id., Carta 95,1)” (
Benedicto XVI Audiencia General, miércoles, 26 de mayo de 2010).
Por lo tanto la Iglesia es de Cristo –es su esposa– y todos los Obispos
en comunión con el Sucesor de Pedro, tienen la tarea y el deber de
custodiarla y de servirla, no como
patrones sino como
servidores.
El Papa en este contexto no es el
señor supremo sino más bien el
supremo servidor –
“Il servus servorum Dei”;
el garante de la obediencia , de la conformidad de la Iglesia a la
voluntad de Dios, al Evangelio de Cristo y al Tradición de la Iglesia
poniendo de parte todo arbitrio personal, siendo también – por voluntad
de Cristo mismo –
“el Pastor y Doctor supremo de todos los fieles” (Can. 749) y gozando
“de la potestad ordinaria que es suprema, plena, inmediata y universal de la iglesia” (Cf. Cann. 331-334).
Queridos hermanos y hermanas, ahora todavía tenemos un año para madurar
con verdadero discernimiento espiritual las ideas propuestas y encontrar
soluciones concretas a las tantas dificultades e innumerables desafíos
que las familias deben afrontar; para dar respuesta a tantos desánimos
que circundan y sofocan a las familias, un año para trabajar sobre la
“Relatio Synodi” que es el resumen fiel y claro de todo lo que fue dicho y discutido en esta aula y en los círculos menores.
¡El Señor nos acompañe y nos guie en este recorrido para gloria de Su
nombre con la intercesión de la Virgen María y de San José! ¡Y por favor
no se olviden de rezar por mí!
Etiquetas:
Vaticano,
Familia,
Matrimonio,
vida y familia,
Familia cristiana,
Papa Francisco,
Sínodo de la Familia 2014